miércoles, 20 de abril de 2016

La Ciudad Templo y las Montañas Pardas

Las primeras luces del amanecer iluminaban el camino que los conduciría a la Ciudad Templo, una tierra donde confluían los altares de todas las religiones importantes de aquel mundo, un sitio desconocido para esta peculiar compañía de aventureros.
- Bien, ¿qué esperamos? ¡En marcha! – dijo Qerkólo con actitud, mientras se desperezaba.
Arion y Nirgal lo siguieron en sus monturas sin decir nada, no parecían estar tan seguros de la misión que tenían.
Cabalgaron a paso lento durante unas horas y cerca del mediodía se detuvieron a almorzar en tranquilidad, hasta que escucharon unos alaridos desgarradores. Se levantaron alarmados, se acercaron a la vera del camino y  pudieron observar que una campesina estaba siendo atacada por unos bandidos, seguramente asesinos y ladrones que se escondían en la espesura del bosque.
La mujer gritaba histérica mientras los malhechores revolvían y arrojaban las posesiones de la carreta al suelo con total violencia.
- Mmmm... Una damisela en peligro -observó el bárbaro, rascándose la barbilla.
Arion puso los ojos en blanco. Nirgal se ahorró las observaciones y fue directo a pelear con los atrevidos atacantes.
- ¡¡Espera, monje!! - llamó Qerkólo mientras salía corriendo tras Nirgal– ¡¡También quiero un poco de diversión!!
Los bandidos no se esperaron un ataque sorpresa y los decididos aventureros se lanzaron a luchar, excepto Arion que, como mago que era, se colocó en la retaguardia para arrojar sus hechizos de bajo nivel y sus flechas.
- ¡¡Malditos entrometidos!! Los asesinaremos con mucho gusto – exclamó el líder de la banda mientras reía groseramente, agitando por lo alto su espada oxidada.
Qerkólo tan sólo sonrió con gravedad y embistió junto a su valeroso perro que lo acompañó en el combate mordiendo las pantorrillas de los ladrones. Nirgal se defendió y propinó fuertes puñetazos y patadas al mejor estilo oriental. Arion convocó a su cuervo Nix a luchar, quien  picó frentes y ojos con avidez.
Los atracadores lograron lastimar a los nuevos aventureros, pero terminaron perdiendo y muriendo en el combate. Sus cadáveres quedaron esparcidos y sus armas torcidas y quebradas. Qerkólo, Nirgal y Arion se dedicaron a examinar los cuerpos y lograron sacarles un poco de oro (seguramente robado a otras víctimas).
- Noble damisela, ¿qué hacías tan sola por estas regiones? -preguntó el bárbaro a la aterrada campesina, que no dejaba de temblar.
- ¿Noble damisela? - dijo Nirgal mientras arqueaba una ceja – Para mí no tiene honor, no me extraña que la hayan asaltado.
- ¡Nirgal! -exclamó Arion, enojado - ¿Cómo le vas a decir así? ¿No ves que está asustada?
El monje sólo se encogió de hombros y se puso a inspeccionar la carreta de la campesina.
- Yo sólo volvía del reino de Shetam porque comercio prendas – Contó la campesina – les agradezco la ayuda prestada, les daré unas ropas en agradecimiento, es todo lo que puedo ofrecerles.
- Ropas... -bufó Arion por lo bajo- tanto trabajo para obtener ropas de aldeano.
El resto del grupo aceptó las sencillas prendas y continuaron su camino. Viajaron tranquilamente hasta la tarde, cuando llegaron a un amplio camino de tierra bordeado por altos árboles que generaban una agradable y fresca sombra.
- ¡Ahh! ¡La Ciudad Templo! – suspiró Arion y sonrió ampliamente – Siempre soñé con conocer este lugar.
- Espero que haya un templo de Obad-Hai, seguro ellos nos ayudarán – dijo Qerkólo con cierta inseguridad, su aspecto no era el de una persona muy religiosa.
Después de cabalgar otro rato, llegaron a una gran construcción de forma circular donde se hallaban los recintos de las religiones más importantes de aquel mundo, tanto las buenas como las malas. En ese lugar estaba prohibido pelear o hacer guerras y reinaba la tolerancia.
- Bien, llegamos. Yo me voy al templo de mi dios – Qerkólo se bajó de su caballo y se dirigió al santuario de Obad-Hai que tenía una decoración naturista. Observó que no había nadie a la vista, entonces decidió orar y dar una ofrenda de cerveza sobre el altar principal.
- ¡Detente, hermano! -resonó una voz en el recinto y el bárbaro se encontró ante un grupo de sacerdotes con grandes mascaras de madera decoradas con elaboradas hojas de lechuga talladas y coloreadas con un verde gastado; sus túnicas eran pardas. Tenían un aspecto humilde e impactante al mismo tiempo, debido a las grandes mascaras.

-¿Qué te trae a nuestro humilde templo? -preguntó uno de los sacerdotes.
- Bien... Yo vine hasta aquí buscando consejo acerca de una misión que se me ha encomendado -explicó Qerkólo, un tanto asustado – Con mis compañero tenemos la tarea de capturar a un malhechor llamado Krull.
- Mmmmm... ¿Dijiste Krull? -preguntó con cierto temor el sacerdote que estaba más cerca.
- Sí, así es.
- Qué desgracia – se lamentó otro monje.
- Realmente es una desgracia que este nigromante destruya las buenas acciones de Obad-Hai -dijo el sacerdote que estaba al frente de Qerkólo – Krull se hizo adepto de varias religiones, entre ellas de nuestro sagrado Dios. Su accionar fue para obtener poderes de las órdenes a las que se consagraba. La Ciudad Templo está al tanto de las andanzas de este maldito. Lo único que te podemos decir es que hay que detenerlo cuanto antes porque anda tras brujerías negras y terribles que tienen como único objetivo destruir el equilibrio que tanto nos cuesta mantener.
-Te podemos ayudar dándote un poco de agua bendita para que la utilices cuando tengas heridas -dijo uno de los sacerdotes mientras sacaba una pequeña botella de su túnica y se la extendía al sorprendido bárbaro.
- Muchas gracias, hermanos, la información que me han brindado es de gran ayuda, estoy en deuda con ustedes -agradeció Qerkólo, haciendo una amplia reverencia. Les entregó una pequeña donación, salió del recinto y fue a buscar al resto de sus compañeros y mascotas. En el camino se topó con un templo de paredes oscuras, no parecía ser algo bueno; se asomó y vio un grupo de hombres tapados con raídas túnicas negras que susurraban algo. El bárbaro sacó su dado, hizo una tirada de escuchar y tuvo éxito.
- Debemos tener cuidado con esta parte, hay gente que está al tanto de nuestra misión y Krull no quiere que se sepa más acerca de sus planes – dijo uno por lo bajo.
- Sí, sí, ya lo sabemos. Ahora que está en la guarida de las Montañas Pardas, espera reunir todas las Reliquias. Y ya está cerca de obtener esa sangre -respondió impaciente el más alto del grupo.
- ¡shhh! Me parece que vi a alguien en la puerta -alertó uno de ellos.
Qerkólo escuchó la advertencia y salió corriendo, logrando escapar de la vista de aquellos siniestros sujetos.
Arion lo encontró escondido y alerta, tras una columna.
-¿Qué haces ahí? Te estuvimos buscando por todas partes.
- Nada, nada, ya les cuento algo que averigüé. Vamos a un sitio más seguro -dijo el guerrero algo alterado aun.
El mago y el bárbaro se alejaron lo más que pudieron de las ermitas y luego de un momento se les unió Nirgal, que llegó hasta donde estaban de forma bastante lenta, como si meditara mientras caminaba.
- Hermanos, ¿Por qué los observo tan ansiosos? ¿Es qué ha sucedido algo malo? - Preguntó el monje con su eterna paciencia, exasperando a Arion, como siempre.
- Sí, sí – afirmó Qerkólo – Nos enteramos de que Krull está en las Montañas Pardas y está en la búsqueda de una “sangre”.
- Entonces, es simple: debemos ir de inmediato e interceptar a Krull -dijo Nirgal impasible, como si atrapar a un nigromante fuera tan sencillo como rebanar una manzana.
- Sí, Nirgal, debemos ir, pero con cuidado -advirtió Arion.

Al estar los tres aventureros de acuerdo, emprendieron su viaje a las Montañas Pardas, que se alzaban a lo lejos hacia el norte, amenazantes y oscuras. Seguramente nada bueno podía ocultarse allí.








martes, 12 de abril de 2016

Una misión inesperada

Luego de caminar unos metros, Nirgal se paró e invitó a sus nuevos compañeros:
-Bueno, creo que tal vez deberíamos ir a la taberna de Jhonn, seguro puede decirnos algo, ya que yo le hago zapatos y me debe dinero– comentó en voz alta el monje.
- Mientras haya cerveza de por medio – acotó Qerkólo con una sonrisa.
 Los tres se encaminaron a la taberna de Jhonn. Nirgal se acercó al mostrador, mientras que el mago y el bárbaro se acomodaban en una mesa.
- Hola, Jhonn, ¿Cómo estás? - saludo Nirgal con una sonrisa que solo descubrió unos grandes dientes que no lo favorecían en absoluto.
- ¡Eh! Hola, Nirgal, ya te pago los zapatos que me hiciste, salieron muy buenos. Creo que deberías poner una zapatería y abandonar ese “asunto” de la iluminación, consejo de amigo... – dijo Jhonn con bondad.
Nirgal no hizo caso al comentario del tabernero y continuó:
- ¿Sabes algo acerca de lo que sucedió en el Puesto Este?
El cantinero siguió secando las pintas de cerveza pensativamente, hasta que contestó al final:
- Sí, un asunto grave: al parecer vino un sujeto malicioso a la ciudad y robó una vieja reliquia del alcalde. No tengo idea qué será, pero ya algunos conocidos me comentaron que está como loco y  es  seguro que pondrá gente a buscar ese objeto. ¿Vas a tomar algo? ¿Tus amigos?
- Sí, sí, danos tres pintas de buena cerveza – Nirgal recibió las jarras y se dirigió a la mesa donde estaban Arion y Qerkólo.
- El buen tabernero me dijo que un sujeto extraño entró a la ciudad y se robó una reliquia del alcalde. Y parece que es grave – comentó despreocupado el monje.
- Corrección, monje -dijo el bárbaro – un sujeto que ME ATACÓ y robó la reliquia...
Arion suspiró impaciente.
Mientras charlaban los tres, entró un guardia a la taberna y clavó un gran anuncio de pergamino en una de las columnas de madera.
- ¡Me muero por saber qué dice ese cartel! - exclamó decepcionado el corpulento joven.
- No me extraña que solo tengas músculo y nada de cerebro – rió Arion despectivamente – ya leeré yo – A continuación, el mago se acercó al anuncio, lo leyó rápidamente y regresó a la mesa.
- Es una solicitud de aventureros que quieran recuperar la reliquia perdida y dar caza al tal Krull que atacó... Interesante... hay que presentarse en la Puerta Oeste de la ciudad.
- ¡Yo quiero participar! Así vengo ese ataque injusto de ese sujeto tan desagradable – gritó el bárbaro mientras alzaba sus manos amenazantemente.
- A mí me interesa también, los designios de Saint Cuthbert me obligan a castigar a quienes cometen atrocidades -dijo el monje mientras cerraba los ojos.
- Yo no estoy muy segura...-masculló Arion.
- No seas cobarde, mago, sino ¿cómo ganarás gloria para ti mismo? -increpó el bárbaro con una sonrisa socarrona.
Arion sólo le dirigió una mirada cansada y siguió bebiendo su espumosa cerveza, mientras por su mente pasaban pensamientos vengativos hacia el guerrero.

Después de que terminaron de refrescarse con las buenas pintas de la Taberna de Jhonn, se dirigieron a la Puerta Oeste. Ya era de noche y poca gente circulaba por las calles de Kassen. Cuando finalmente llegaron se presentaron ante la ventanilla del puesto de guardias.
- ¿Buenas noches? -preguntó Qerkólo, mientras buscaba con la mirada alguien que los atienda.
Después de unos momentos, apareció un guardia rechoncho, mal afeitado y con la mirada cansada. La armadura le quedaba un poco ajustada y se notaba el evidente sobrepeso a través de las ranuras de metal.
- ¿Qué necesitan a estas altas horas de la noche? - preguntó con gran desdén.
- Ejem... – carraspeó Arion -Venimos por la solicitud del alcalde de aventureros para la misión de recuperar la reliquia y apresar al bandido que la robó.
- ¡¡¡jajajajajaja!!! - se rió con estrépito el soldado, mientras sus abultadas carnes se movían de un lado a otro -¿Ustedes? ¿Ustedes pretenden ir a la misión?
Los tres lo miraron con absoluto desdén mientras cruzaban sus brazos.
- Disculpen, disculpen – dijo, mientras se secaba las lágrimas causadas por la risa – ya les doy el formulario de inscripción así puedan anotarse.
- Una pregunta, señor... ¿Qué beneficios nos reportará en caso de tener éxito? ¿Nos brindarán dinero para financiar esta búsqueda? - preguntó Arion con seriedad.
- Mira, niña, Kassen no es una ciudad rica, así que sólo les podemos ofrecer un poco de oro para sus gastos, una que otra montura y raciones de carne seca. Y por supuesto, si tienen éxito, serán cubiertos de honores y reconocimiento -respondió el guardia rápidamente mientras agitaba su dedo índice frenéticamente. Luego les extendió tres formularios para que se inscribieran y anotaran sus nombres.
Qerkólo miró confundido el papel que le dieron, para él sólo era un conjunto de símbolos confusos sin sentido alguno. Lo giró para un lado, luego al otro mientras levantaba una ceja y torcía su boca en una mueca, luego se rascó la cabeza.
- ¿Qué pasa, guerrero? ¡Ahhh! Cierto... No sabes escribir. -comentó Arion con una leve sonrisa maligna.
- No... -afirmó sumamente avergonzado mientras sus mejillas se teñían de un rosa violento.
- Sólo firma con una cruz, muchacho– espetó el soldado mientras se apuraba en guardar los papeles  -Vengan por la mañana a retirar las posesiones para el viaje.

Luego de inscribirse para tan importante empresa, cada uno se fue por su lado: Qerkólo se dirigió a su casa a descansar, durmiendo abrazado a su espada y a Osito Gur; Nirgal se dedicó a meditar en el templo con profundos oms que hacían vibrar todo a su alrededor; y Arion fue al santuario, donde obtuvo agua bendita para realizar curaciones.
A la madrugada, los tres se encontraron en la puerta del Puesto Oeste a la espera de los elementos prometidos que los ayudaría en la misión. Luego de un rato, apareció el guardia rechoncho y les dio un mapa, veinte piezas de oro,  diez raciones de viaje a cada uno y tres caballos: uno negro que lo tomó Qerkólo, el de color blanco Nirgal y el pardo quedó para Arion.
Una vez que obtuvieron todas las pertenencias, Nirgal dijo con su habitual tranquilidad que lograba exasperar a Arion:
- Creo que deberíamos ir al templo de Saint Cuthbert a preguntarle a mi maestro acerca de los extraños sucesos, tal vez sepa algo, es viejo y sabio.
- Si, ¿por qué no? -aceptó Qerkólo mientras se alzaba de hombros.
Se dirigieron al viejo santuario de los monjes, una antigua construcción de piedra blanca un tanto derruida que carecía de puertas pues los monjes tenían como filosofía que el conocimiento y la sabiduría no debían tener obstáculos.
Ingresaron al lugar y el interior era tan simple como el exterior, sin adornos: sólo paredes blancas y pulidas que daban sensación de iluminación. En el centro había una fuente redonda de roca gris con agua en su interior y al frente de ella se hallaba un venerable monje meditando, envuelto en sus grises harapos.
-¿Maestro? -llamó Nirgal con voz suave.
El anciano abrió los ojos lentamente y esbozó una amplia sonrisa.
- Nirgal, mi querido aprendiz, ¿Qué haces a tan tempranas horas?
- Maestro, he venido al templo con mis compañeros a preguntar acerca de los extraños sucesos que han pasado por nuestra tranquila ciudad -dijo Nirgal con gran preocupación.
- ¡Oh! sí... es realmente terrible. Lo más grave, Nirgal, es que Krull fue un antiguo aprendiz de Saint Cuthbert y desgraciadamente su alma albergaba la semilla del mal, que brotó ante la menor insinuación de las fuerzas oscuras, me siento tan decepcionado -relató en viejo monje con gran pesar en su mirada.
Los tres se miraron desconcertados.
- ¿Y tiene alguna información acerca de su destino? -preguntó Arion con sumo interés.
- Las aves y los seres bondadosos nos hicieron llegar noticias de que tiene su guarida en las Montañas Pardas, al este de aquí. Ciertamente hay que detenerlo, pues sabemos que trama algo realmente malvado que nos afectará a todos -El anciano parecía muy agotado y preocupado.
- Bueno, Maestro, tal vez podamos hacer algo mis compañeros y yo -dijo Nirgal con esperanza.
- Ojalá así sea, mi querido aprendiz, ve y cumple con los designios de Saint Cuthbert -manifestó mientras palmeaba el hombro de su estudiante – te voy a brindar el agua sagrada de la fuente de la sabiduría, bébela cuando necesites curarte -el viejo monje se acercó a la fuente, guardó el agua sagrada en una pequeña botella de vidrio y se la entregó a Nirgal.
- Muchas gracias, Maestro. Espero poder cumplir con los propósitos de nuestro protector – agradeció Nirgal mientras inclinaba su cabeza para recibir la bendición divina de su piadoso guía.

Luego de haber reunido esa valiosa información, se dirigieron a las afueras de Kassen y entre los tres acordaron que irían a la Ciudad Templo antes de dirigirse a la Montañas Pardas, seguramente los altos sabios de la ciudad sagrada les podrían dispensar algún buen consejo divino.   

martes, 1 de marzo de 2016

de los diarios de Arion

  ¡A veces Nix puede ser tan demandante! Hoy decidió despertarme temprano y dejó un nido de plumas en mi cabeza, entre gorjeos y cariñosos picotazos. Oh, bien,  admito que adoro cuando hace eso, y por esa razón decidí entrelazar algunas de sus plumas  negras e iridiscentes entre mis cabellos, ¡el contraste es fantástico! Después de un buen desayuno salimos a buscar alguna información que nos llevara a la aventura, ¡pero mira lo que nos sucedió, mi curioso amigo! Un par de malolientes y definitivamente nada apuestos ladrones quisieron asaltarnos... gracias a mi querido Nix que los distrajo haciéndoles algo de daño, (¡benditas sean sus garras!) pude escabullirme y salir por un callejón hacia el centro de la ciudad.

  Mientras caminaba me iba acicalando, igual que mi pequeño amigo con sus plumas. De pronto  se me ocurrió la terrible idea de que no podría andar mucho tiempo sola sin que algo me sucediese en el camino hacia la aventura que tanto ansiaba. Sí, soy maga, puedo defenderme durante un corto periodo de tiempo... pero, ¿y cuando se me agotara la magia o estuviera a merced de más de un peligro? Por un momento se me cayó el mundo a los pies. Me paré a  sopesar mis opciones, a encontrar la forma más rápida y efectiva de evitar todos esos conflictos a futuro... cuando distraídamente miré hacia el frente y encontré algo muy grande, evidentemente una persona sentada del otro lado de nuestra fea y árida plaza principal, y me dije "¡¡claro, eso es, un guardaespaldas!!". Estuve tentada de correr a buscar a ese enorme individuo pero un buen contingente de viajeros, carretas y curiosos pueblerinos me empujaron hacia la posada y taberna más importante de la ciudad. No estuvo mal, de hecho, necesitaba entrar ahí. Dejé a Nix obedientemente esperando en el tejado y me aproxime a la barra, un poco menos sucia que de costumbre, supongo que el tabernero estaba contando con que llegarían viajantes y comerciantes a hospedarse en estos días.

  En cuanto se acercó la hija menor del tabernero para tomar mi pedido, noté cómo se sonrojaba (la niña siempre tuvo una especie de enamoramiento conmigo, es adorable) le dediqué mi más brillante sonrisa y le pedí un vaso de vino dulce, nada muy fuerte, ¡estamos de mañana! Y comencé a preguntarle de las novedades. Ella, tan servicial como siempre, me contó que escuchaba rumores, algo de una muchacha desaparecida, una gran ciudad (¿quizás sea Shetam?)... pero lamentablemente, nada que pudiera ayudarme, así que pagué la bebida  (que apenas si toqué), le guiñé el ojo y salí. Ni bien traspasé la puerta, sentí una mano tirar de mi ropa, y cuando me di la vuelta un tanto sorprendida, la niña puso las monedas con las que yo pagué en la palma de mi mano. Volví a sonreírle y ésta vez besé su frente, porque me resultó realmente adorable.Tan solo es una niña de 15 años, y yo le resulto extraña y encantadora, pude verlo en sus ojos, se estremeció y sonrojándose corrió de nuevo adentro, perdiéndose entre los clientes.

  Bueno... de ese atestado lugar no saqué mucho de interés, así que decidí recorrer la plaza en busca de algunas palabras en el viento, murmullos o bardos de lengua suelta (¡oh sí, les encanta hablar de más a esos embusteros, son tan peculiares!). A veces Nix sobrevolaba entre grupos apiñados de paisanos entretenidos con una canción o juego de algún pícaro tunante que aprovechaba para hacerse del dinero de las pobres personas, pero tampoco consiguió información que nos resultara útil.
  Caminando distraída llegué a una avanzada del bosque, y me llamó la atención una carreta que se alejaba a la carrera y sin miramiento alguno por los peatones. Acercándome un poco más entre los arboles vi algo extraño, un oscuro charco y un precioso perro ladrando y gimiendo al lado de un hombre tirado entre la maleza, de espaldas, no era un bonito espectáculo para pasar la mañana. Lo primero que pensé fue que algunos maleantes lo habían matado para robarle, pero observándolo con cuidado era demasiado grande y musculoso para que se les ocurriera atacarlo, ¡qué locura! Me acerqué un poco más para constatar que estuviera efectivamente muerto, ya que tenía un horrible tajo en su espalda, y el pobre perro que tenía al lado me ladraba frenéticamente. El pobre animal me dio mucha pena (el perro, por supuesto... ¿qué creías, lector entrometido?) y no me hubiese gustado que se quedara sin su humano. Así, le brinde una de mis pociones, procurando que devolviera el gasto de la compra. Oh, vamos, nadie le daría una poción a un total desconocido... ¡cuando se me ocurrió la genial idea de proponerle el puesto de guardaespaldas!

  ¿Quieres saber cómo es el extraño en cuestión? Bueno, es más alto que yo, creo que bastante, musculoso, sospecho que un bárbaro, pero no podría estar segura, sus ropas coloridas y extrañas me confunden. Podría haber sido apuesto, a su modo, interesante; pero tiene una fea cicatriz en su rostro y un pelo muy maltratado (¿supongo que será la ultima moda entre los bárbaros? Jaja) ¡y definitivamente su hermoso perro está en mejores condiciones de higiene que él! No parecía un hombre anciano, sino más bien joven, pero acostumbrado a las inclemencias del tiempo, con la piel curtida y un aro en la nariz (de muy mal gusto, si me lo preguntas).

  Ni bien abrió los ojos me llevé una grata sorpresa porque, aunque parecía asustado y un tanto perdido, también pude notar cierta bondad, quizás algo de buen corazón, detrás de toda esa salvajada (ugh) ¿y una nota peculiar de sus ojos? son amarillos... como los de un gato. Extraño en verdad, pero llamativo... ahora bien, comenzó a murmurar algo a su perro,  y como volviendo a la realidad me preguntaba acerca de una carreta, y un sujeto de nombre Krull... y yo sólo pensaba en como pedirle que fuese mi guardaespaldas para la aventura que estaba buscando.


  Y ahora es cuando la verdadera aventura comienza...

martes, 23 de febrero de 2016

de los diarios de Arion

  En retrospectiva, antes de comenzar éste pequeño diario (por si algún ojo curioso lo llegara a encontrar...¡¡SÍ, A TI TE LO DIGO!!) creo  que debería hablar sobre la ciudad de Kassen. En realidad no hay mucho que decir, una ciudad pequeña, modesta, en medio de la nada, pero sobre todo que pasa inadvertida entre grandes ciudades como, por ejemplo Shetam, que por cierto ¡esa sí que es una urbe!. Bien, volviendo al tema, Kassen en un particular momento me resultó indispensable ya que necesitaba instalarme durante un tiempo. Pequeña, tranquila, modesta, en fin, ¡perfecta! Creo que llevo 2 años aquí, realmente no llevo la cuenta pero es el tiempo en el que Nix me acompaña así que lo tomaré como referencia.

  Oh, sí, te preguntarás "¿y quién es Nix?", pequeño husmeador curioso. Pues, Nix es mi compañero, mi amigo, mis alas desplegadas. Él es un cuervo, mi familiar por excelencia. Muchos dicen que los familiares toman forma de acuerdo a la personalidad de los magos, y creo que es posible.

  Volviendo Kassen, es una ciudad en donde puedo pasar desapercibida, puedo atender a mis clientes que vienen por baratijas y amuletos, o sanar alguna dolencia sin que me molesten por mi apariencia. Oh sí, soy muy bella, mi madre siempre lo decía, pero también decía que el mundo no estaba listo para mi particular hermosura, ¡y mi madre era muy sabia! Y como decía, estoy relativamente tranquila viviendo en las cercanías de una de las entradas, lindando con los bosques donde puedo conseguir hierbas para curar y un espacio para entrenar a Nix.

  Pero a veces, en especial para alguien como yo, acostumbrada al eterno peregrinar, la vida en la ciudad se vuelve monótona y he notado que vuelvo a necesitar moverme, mi magia está como aletargada, los conjuros últimamente están tomándome algo de tiempo extra y mi pobre Nix duerme cada vez más. Ahí están, como puedes ver, ¡esos son los síntomas de la falta de aventura! Y ahora estoy pensando seriamente en salir mañana a hacer todos los preparativos e investigaciones correspondientes (uno nunca sabe dónde la chusma puede o quiere hablar...)

martes, 16 de febrero de 2016

Un bárbaro, un mago y un monje confundidos

   Kassen era una tranquila ciudad al norte del Reino de Eroeth, sus actividades transcurrían pacíficamente. Desde hacía más de tres siglos, esta pequeña urbe de comerciantes y campesinos había sido súbditos de la gran Eroeth y pagaban impuestos para mantener la protección del reino.
   Las religión no era un asunto importante en Kassen, aunque dentro de sus murallas había un viejo templo de monjes, dedicados al dios Cuthbert, concentrados solo en sus meditaciones, sin molestar mucho al resto de los habitantes, que los consideraban un tanto extraños, pero como decía el alcalde: "mientras paguen sus impuestos, que mediten todo lo que quieran".

   Una mañana en el centro de la plaza estaba el bárbaro Qerkólo, admirando y limpiando su bella espada, que si bien no valía gran cosa, lo hacía sentir seguro y competente. A su lado, descansaba su mascota, Osito Gur, un valeroso perro de monta que le era fiel y siempre estaba dispuesto a luchar por su amo. Qerkólo no se cansaba de lustrar y pulir su espada así de paso demostraba a los aldeanos que podía pelear y así también dejaba en claro que su virilidad era asunto importante y que nadie debía atreverse a cuestionarla.
- Mira como reluce mi espada, Osito - dijo el joven bárbaro con una galante sonrisa. El perro lo miró con cierta expresión de desconcierto, esperando que su amo le tirara algún sabroso bocadillo, que en este caso nunca llegó. 
   Mientras esto sucedía, a través de la plaza cruzó un destartalado carro con una figura encapuchada a su mando. Qerkólo centró su atención en la extraña escena que se desarrollaba ante sí; rara porque nunca pasaban por Kassen figuras tan enigmáticas. Decidido a investigar qué o quién era aquel personaje que osaba transitar por su ciudad, se levantó y lo siguió, lentamente junto a su fiel mascota.
   La carreta parecía avanzar no muy rápido y después de recorrer dos manzanas, se detuvo en un pequeño bosque, al lado de un caserío. Qerkólo se acercó rápidamente hacia el extraño sujeto que se había bajado del carro y husmeaba la carga que llevaba en el vehículo. No se veía el rostro del forastero al estar cubierto con pesados harapos negros.
- ¿Quién eres? -preguntó el joven bárbaro con petulancia y una amplia sonrisa en el rostro - ¿Qué haces en Kassen? - inquirió con  engreimiento. Osito Gur ladró tres veces, en un intento de estar a la altura de su amo, luego movió su peluda cola.
   Una voz gutural y maligna surgió de aquel extraño sujeto:
- No es de tu incumbencia... deberías alejarte de mí o te arrepentirás, ¡jajajaja! - río con malevolencia y se acercó al desprevenido joven y lo sujetó del brazo con fuerza.
- ¡Oye! ¡Suéltame! - dijo el bárbaro mientras se sacudía, intentando liberarse - Nadie habla de ese modo al Gran Qerkólo...
   Al sujeto del carro se le corrió la capucha y lo que se pudo ver era realmente horroroso, el rostro de aquel hombre era mitad carne, mitad calavera y sonreía de manera maliciosa.

- Yo soy Krull... - se presentó brevemente mientras sacaba una espada negra debajo de su capa y atacaba al desconcertado Qerkólo.
   Krull, con un movimiento rápido, golpeó al confundido bárbaro, quitando sus 11 pg y dejándolo inconsciente. A continuación largó una maligna risotada y subió a su carreta, para luego seguir su camino. Qerkólo quedó tendido sobre la hierba, rodeado por un charco de su sangre.
  
 Toda esta escena no tuvo testigos, pues los aldeanos de Kassen se encontraban comprando e intercambiando sus productos en el mercado local y porque eran gentes que no querían saber nada de personas raras y extravagantes. Sin embargo, a los pocos minutos del desgraciado suceso, llegó por ahí de casualidad un aprendiz de mago llamado Arion, considerado afeminado por sus allegados por sus actitudes poco varoniles, algunos lo apodaban "el panzón" o "la panzona" por su abultada barriga, característica que constituía una gran vergüenza para el joven mago y que se esmeraba constantemente en ocultar tras su corta capa.
   Bien, Arion iba caminando, distraída, perdón... distraído en sus pensamientos cuando se paró de repente al ver un musculoso muchacho inconsciente, bajo un charco de viscosa sangre, a la sombra de unos árboles. Una gran curiosidad embargó al recién llegado y corrió a investigar qué ocurría en realidad. Cuando llegó pudo observar que la situación del joven desmayado era peor de lo que se veía, estaba maltrecho y despeinado, con un evidente gran tajo en su espalda.
- Qué desastre... -  murmuró con impaciencia mientras movía su pie y se cruzaba de brazos.
Sin embargo, se sintió muy conmovido por el fiel perro que intentaba desesperadamente despertar a su amo y decidió ir a comprar una poción de 1d6, que adquirió en una botica a unas cuadras. Sintió cierta pena por tener que gastar el poco dinero que tenía, sin embargo sabía en su interior que era lo correcto. Regresó al lugar y le dio la poción al maltrecho sujeto. El brebaje surtió efecto y volvió en sí el muchacho.
- ¿Qué?... ¿Qué sucedió? ¿Dónde está Krull? - preguntó con voz entrecortada Qerkólo.
-No tengo idea qué sucedió, ni quién es Krull - respondió Arion con cierta irritación -¿Quién eres, por cierto?
- Soy Qerkólo, el gran bárbaro - se presentó con altanería, a pesar de estar todo sucio y tirado aún en el suelo.
- Ya veo... - observó Arion mordiéndose el labio.
- Gracias, Osito Gur, por salvarme – agradeció Qerkólo a su perro, que solo atinó a mover la cola.
- ¡Un momento! La que te salvó fui yo – exclamó Arion con furia – Tu perro no hizo más que arrojarse sobre ti lamentoso. Por cierto, me debes dos monedas de plata por la poción que fui a comprar para salvarte el pellejo.
- ¿Es cierto eso, Osito? - preguntó ofendido Qerkólo. El perro bajó las orejas, avergonzado, confirmando las sospechas de su amo. Luego sacó el dinero que le debía a Arion y se lo tendió.


   Cerca de este cuadro iba pasando un joven envuelto en ropas viejas, su cabeza estaba pelada y unos largos incisivos le daban un aire chistoso a su rostro. Usaba unas gastadísimas sandalias y parecía que no estaba preocupado en absoluto por su apariencia rotosa. Mientras pasaba al lado de la arboleda, se detuvo y preguntó con mucha seriedad y una ceja levantada:
- ¿Por qué están haciendo tanto ruido? Sus gritos llegan hasta el templo de Saint Cuthbert, así es imposible meditar en paz...
- Yo no sé nada, recién llego y encuentro a este... a este musculoso todo lastimado y solo le di una poción de curación - relató Arion con cierta exasperación, mientras agitaba una de sus delicadas manos.
- Qerkólo, me llamo Qerkólo - gritó enojado el aun maltrecho bárbaro - ¿y tú quién eres? -preguntó, mientras se incorporaba y se masajeaba la espalda.
- Yo soy un monje y mi nombre es Nirgal, busco el camino de la iluminación - respondió el recién llegado con mucha paz y mirando al cielo.
- Estos monjes y su eterna paciencia -comentó con sarcasmo Arion.
- ¡Miren! ¡Humo! - exclamó Qerkólo mientras señalaba una larga columna de humo negro que surgía del este de la ciudad. Acto seguido, se dirigió hacia esa dirección. Arion y Nirgal lo siguieron por simple curiosidad.
   Cuando llegaron a la fuente del incendio, pudieron observar que la entrada Este de Kassen estaba incendiada y que los guardias estaban intentado apagar el fuego, con poco éxito.
Qerkólo se acercó rápidamente al lugar y preguntó preocupado:
- ¿Qué ha sucedido aquí?
   Un guardia que estaba dando indicaciones agitó su mano despectivamente y respondió:
- No se entrometan en los asuntos de seguridad de la ciudad. Mejor regresen a sus hogares, acá no pueden hacer nada.
   Qerkólo, molesto por la negativa del guardia sacó su dado de veinte y realizó una prueba de Escuchar que fue exitosa y pudo oír la conversación entre dos guardias más apartados:
- Fuimos atacados por un sujeto encapuchado y vestido de negro, al parecer robó una reliquia de la ciudad y el alcalde está preocupado porque es una situación grave para Kassen.
   El bárbaro, el mago y el monje se retiraron del lugar, evidentemente confundidos ante tan extraños sucesos en su tranquila ciudad.