martes, 23 de febrero de 2016

de los diarios de Arion

  En retrospectiva, antes de comenzar éste pequeño diario (por si algún ojo curioso lo llegara a encontrar...¡¡SÍ, A TI TE LO DIGO!!) creo  que debería hablar sobre la ciudad de Kassen. En realidad no hay mucho que decir, una ciudad pequeña, modesta, en medio de la nada, pero sobre todo que pasa inadvertida entre grandes ciudades como, por ejemplo Shetam, que por cierto ¡esa sí que es una urbe!. Bien, volviendo al tema, Kassen en un particular momento me resultó indispensable ya que necesitaba instalarme durante un tiempo. Pequeña, tranquila, modesta, en fin, ¡perfecta! Creo que llevo 2 años aquí, realmente no llevo la cuenta pero es el tiempo en el que Nix me acompaña así que lo tomaré como referencia.

  Oh, sí, te preguntarás "¿y quién es Nix?", pequeño husmeador curioso. Pues, Nix es mi compañero, mi amigo, mis alas desplegadas. Él es un cuervo, mi familiar por excelencia. Muchos dicen que los familiares toman forma de acuerdo a la personalidad de los magos, y creo que es posible.

  Volviendo Kassen, es una ciudad en donde puedo pasar desapercibida, puedo atender a mis clientes que vienen por baratijas y amuletos, o sanar alguna dolencia sin que me molesten por mi apariencia. Oh sí, soy muy bella, mi madre siempre lo decía, pero también decía que el mundo no estaba listo para mi particular hermosura, ¡y mi madre era muy sabia! Y como decía, estoy relativamente tranquila viviendo en las cercanías de una de las entradas, lindando con los bosques donde puedo conseguir hierbas para curar y un espacio para entrenar a Nix.

  Pero a veces, en especial para alguien como yo, acostumbrada al eterno peregrinar, la vida en la ciudad se vuelve monótona y he notado que vuelvo a necesitar moverme, mi magia está como aletargada, los conjuros últimamente están tomándome algo de tiempo extra y mi pobre Nix duerme cada vez más. Ahí están, como puedes ver, ¡esos son los síntomas de la falta de aventura! Y ahora estoy pensando seriamente en salir mañana a hacer todos los preparativos e investigaciones correspondientes (uno nunca sabe dónde la chusma puede o quiere hablar...)

martes, 16 de febrero de 2016

Un bárbaro, un mago y un monje confundidos

   Kassen era una tranquila ciudad al norte del Reino de Eroeth, sus actividades transcurrían pacíficamente. Desde hacía más de tres siglos, esta pequeña urbe de comerciantes y campesinos había sido súbditos de la gran Eroeth y pagaban impuestos para mantener la protección del reino.
   Las religión no era un asunto importante en Kassen, aunque dentro de sus murallas había un viejo templo de monjes, dedicados al dios Cuthbert, concentrados solo en sus meditaciones, sin molestar mucho al resto de los habitantes, que los consideraban un tanto extraños, pero como decía el alcalde: "mientras paguen sus impuestos, que mediten todo lo que quieran".

   Una mañana en el centro de la plaza estaba el bárbaro Qerkólo, admirando y limpiando su bella espada, que si bien no valía gran cosa, lo hacía sentir seguro y competente. A su lado, descansaba su mascota, Osito Gur, un valeroso perro de monta que le era fiel y siempre estaba dispuesto a luchar por su amo. Qerkólo no se cansaba de lustrar y pulir su espada así de paso demostraba a los aldeanos que podía pelear y así también dejaba en claro que su virilidad era asunto importante y que nadie debía atreverse a cuestionarla.
- Mira como reluce mi espada, Osito - dijo el joven bárbaro con una galante sonrisa. El perro lo miró con cierta expresión de desconcierto, esperando que su amo le tirara algún sabroso bocadillo, que en este caso nunca llegó. 
   Mientras esto sucedía, a través de la plaza cruzó un destartalado carro con una figura encapuchada a su mando. Qerkólo centró su atención en la extraña escena que se desarrollaba ante sí; rara porque nunca pasaban por Kassen figuras tan enigmáticas. Decidido a investigar qué o quién era aquel personaje que osaba transitar por su ciudad, se levantó y lo siguió, lentamente junto a su fiel mascota.
   La carreta parecía avanzar no muy rápido y después de recorrer dos manzanas, se detuvo en un pequeño bosque, al lado de un caserío. Qerkólo se acercó rápidamente hacia el extraño sujeto que se había bajado del carro y husmeaba la carga que llevaba en el vehículo. No se veía el rostro del forastero al estar cubierto con pesados harapos negros.
- ¿Quién eres? -preguntó el joven bárbaro con petulancia y una amplia sonrisa en el rostro - ¿Qué haces en Kassen? - inquirió con  engreimiento. Osito Gur ladró tres veces, en un intento de estar a la altura de su amo, luego movió su peluda cola.
   Una voz gutural y maligna surgió de aquel extraño sujeto:
- No es de tu incumbencia... deberías alejarte de mí o te arrepentirás, ¡jajajaja! - río con malevolencia y se acercó al desprevenido joven y lo sujetó del brazo con fuerza.
- ¡Oye! ¡Suéltame! - dijo el bárbaro mientras se sacudía, intentando liberarse - Nadie habla de ese modo al Gran Qerkólo...
   Al sujeto del carro se le corrió la capucha y lo que se pudo ver era realmente horroroso, el rostro de aquel hombre era mitad carne, mitad calavera y sonreía de manera maliciosa.

- Yo soy Krull... - se presentó brevemente mientras sacaba una espada negra debajo de su capa y atacaba al desconcertado Qerkólo.
   Krull, con un movimiento rápido, golpeó al confundido bárbaro, quitando sus 11 pg y dejándolo inconsciente. A continuación largó una maligna risotada y subió a su carreta, para luego seguir su camino. Qerkólo quedó tendido sobre la hierba, rodeado por un charco de su sangre.
  
 Toda esta escena no tuvo testigos, pues los aldeanos de Kassen se encontraban comprando e intercambiando sus productos en el mercado local y porque eran gentes que no querían saber nada de personas raras y extravagantes. Sin embargo, a los pocos minutos del desgraciado suceso, llegó por ahí de casualidad un aprendiz de mago llamado Arion, considerado afeminado por sus allegados por sus actitudes poco varoniles, algunos lo apodaban "el panzón" o "la panzona" por su abultada barriga, característica que constituía una gran vergüenza para el joven mago y que se esmeraba constantemente en ocultar tras su corta capa.
   Bien, Arion iba caminando, distraída, perdón... distraído en sus pensamientos cuando se paró de repente al ver un musculoso muchacho inconsciente, bajo un charco de viscosa sangre, a la sombra de unos árboles. Una gran curiosidad embargó al recién llegado y corrió a investigar qué ocurría en realidad. Cuando llegó pudo observar que la situación del joven desmayado era peor de lo que se veía, estaba maltrecho y despeinado, con un evidente gran tajo en su espalda.
- Qué desastre... -  murmuró con impaciencia mientras movía su pie y se cruzaba de brazos.
Sin embargo, se sintió muy conmovido por el fiel perro que intentaba desesperadamente despertar a su amo y decidió ir a comprar una poción de 1d6, que adquirió en una botica a unas cuadras. Sintió cierta pena por tener que gastar el poco dinero que tenía, sin embargo sabía en su interior que era lo correcto. Regresó al lugar y le dio la poción al maltrecho sujeto. El brebaje surtió efecto y volvió en sí el muchacho.
- ¿Qué?... ¿Qué sucedió? ¿Dónde está Krull? - preguntó con voz entrecortada Qerkólo.
-No tengo idea qué sucedió, ni quién es Krull - respondió Arion con cierta irritación -¿Quién eres, por cierto?
- Soy Qerkólo, el gran bárbaro - se presentó con altanería, a pesar de estar todo sucio y tirado aún en el suelo.
- Ya veo... - observó Arion mordiéndose el labio.
- Gracias, Osito Gur, por salvarme – agradeció Qerkólo a su perro, que solo atinó a mover la cola.
- ¡Un momento! La que te salvó fui yo – exclamó Arion con furia – Tu perro no hizo más que arrojarse sobre ti lamentoso. Por cierto, me debes dos monedas de plata por la poción que fui a comprar para salvarte el pellejo.
- ¿Es cierto eso, Osito? - preguntó ofendido Qerkólo. El perro bajó las orejas, avergonzado, confirmando las sospechas de su amo. Luego sacó el dinero que le debía a Arion y se lo tendió.


   Cerca de este cuadro iba pasando un joven envuelto en ropas viejas, su cabeza estaba pelada y unos largos incisivos le daban un aire chistoso a su rostro. Usaba unas gastadísimas sandalias y parecía que no estaba preocupado en absoluto por su apariencia rotosa. Mientras pasaba al lado de la arboleda, se detuvo y preguntó con mucha seriedad y una ceja levantada:
- ¿Por qué están haciendo tanto ruido? Sus gritos llegan hasta el templo de Saint Cuthbert, así es imposible meditar en paz...
- Yo no sé nada, recién llego y encuentro a este... a este musculoso todo lastimado y solo le di una poción de curación - relató Arion con cierta exasperación, mientras agitaba una de sus delicadas manos.
- Qerkólo, me llamo Qerkólo - gritó enojado el aun maltrecho bárbaro - ¿y tú quién eres? -preguntó, mientras se incorporaba y se masajeaba la espalda.
- Yo soy un monje y mi nombre es Nirgal, busco el camino de la iluminación - respondió el recién llegado con mucha paz y mirando al cielo.
- Estos monjes y su eterna paciencia -comentó con sarcasmo Arion.
- ¡Miren! ¡Humo! - exclamó Qerkólo mientras señalaba una larga columna de humo negro que surgía del este de la ciudad. Acto seguido, se dirigió hacia esa dirección. Arion y Nirgal lo siguieron por simple curiosidad.
   Cuando llegaron a la fuente del incendio, pudieron observar que la entrada Este de Kassen estaba incendiada y que los guardias estaban intentado apagar el fuego, con poco éxito.
Qerkólo se acercó rápidamente al lugar y preguntó preocupado:
- ¿Qué ha sucedido aquí?
   Un guardia que estaba dando indicaciones agitó su mano despectivamente y respondió:
- No se entrometan en los asuntos de seguridad de la ciudad. Mejor regresen a sus hogares, acá no pueden hacer nada.
   Qerkólo, molesto por la negativa del guardia sacó su dado de veinte y realizó una prueba de Escuchar que fue exitosa y pudo oír la conversación entre dos guardias más apartados:
- Fuimos atacados por un sujeto encapuchado y vestido de negro, al parecer robó una reliquia de la ciudad y el alcalde está preocupado porque es una situación grave para Kassen.
   El bárbaro, el mago y el monje se retiraron del lugar, evidentemente confundidos ante tan extraños sucesos en su tranquila ciudad.