Kassen era una tranquila ciudad al norte del Reino de
Eroeth, sus actividades transcurrían pacíficamente. Desde hacía más de tres
siglos, esta pequeña urbe de comerciantes y campesinos había sido súbditos de
la gran Eroeth y pagaban impuestos para mantener la protección del reino.
Las religión no era un asunto importante en Kassen, aunque
dentro de sus murallas había un viejo templo de monjes, dedicados al dios
Cuthbert, concentrados solo en sus meditaciones, sin molestar mucho al resto de
los habitantes, que los consideraban un tanto extraños, pero como decía el
alcalde: "mientras paguen sus impuestos, que mediten todo lo que
quieran".
Una mañana en el centro de la plaza estaba el bárbaro Qerkólo,
admirando y limpiando su bella espada, que si bien no valía gran cosa, lo hacía
sentir seguro y competente. A su lado, descansaba su mascota, Osito Gur, un
valeroso perro de monta que le era fiel y siempre estaba dispuesto a luchar por
su amo. Qerkólo no se cansaba de lustrar y pulir su espada así de paso
demostraba a los aldeanos que podía pelear y así también dejaba en claro que su
virilidad era asunto importante y que nadie debía atreverse a cuestionarla.
- Mira como reluce mi espada, Osito - dijo el joven bárbaro
con una galante sonrisa. El perro lo miró con cierta expresión de desconcierto,
esperando que su amo le tirara algún sabroso bocadillo, que en este caso nunca
llegó.
Mientras esto sucedía, a través de la plaza cruzó un
destartalado carro con una figura encapuchada a su mando. Qerkólo centró su
atención en la extraña escena que se desarrollaba ante sí; rara porque nunca
pasaban por Kassen figuras tan enigmáticas. Decidido a investigar qué o quién
era aquel personaje que osaba transitar por su ciudad, se levantó y lo siguió,
lentamente junto a su fiel mascota.
La carreta parecía avanzar no muy rápido y después de
recorrer dos manzanas, se detuvo en un pequeño bosque, al lado de un caserío. Qerkólo
se acercó rápidamente hacia el extraño sujeto que se había bajado del carro y husmeaba la carga que llevaba en el vehículo. No se veía el rostro del
forastero al estar cubierto con pesados harapos negros.
- ¿Quién eres? -preguntó el joven bárbaro con petulancia y una
amplia sonrisa en el rostro - ¿Qué haces en Kassen? - inquirió con engreimiento. Osito Gur ladró tres veces, en
un intento de estar a la altura de su amo, luego movió su peluda cola.
Una voz gutural y maligna surgió de aquel extraño sujeto:
- No es de tu incumbencia... deberías alejarte de mí o te
arrepentirás, ¡jajajaja! - río con malevolencia y se acercó al desprevenido
joven y lo sujetó del brazo con fuerza.
- ¡Oye! ¡Suéltame! - dijo el bárbaro mientras se sacudía,
intentando liberarse - Nadie habla de ese modo al Gran Qerkólo...
Al sujeto del carro se le corrió la capucha y lo que se pudo
ver era realmente horroroso, el rostro de aquel hombre era mitad carne, mitad
calavera y sonreía de manera maliciosa.
- Yo soy Krull... - se presentó brevemente mientras sacaba
una espada negra debajo de su capa y atacaba al desconcertado Qerkólo.
Krull, con un movimiento rápido, golpeó al confundido bárbaro,
quitando sus 11 pg y dejándolo inconsciente. A continuación largó una maligna
risotada y subió a su carreta, para luego seguir su camino. Qerkólo quedó tendido
sobre la hierba, rodeado por un charco de su sangre.
Toda esta escena no tuvo testigos, pues los aldeanos de
Kassen se encontraban comprando e intercambiando sus productos en el mercado
local y porque eran gentes que no querían saber nada de personas raras y
extravagantes. Sin embargo, a los pocos minutos del desgraciado suceso, llegó
por ahí de casualidad un aprendiz de mago llamado Arion, considerado afeminado
por sus allegados por sus actitudes poco varoniles, algunos lo apodaban
"el panzón" o "la panzona" por su abultada barriga,
característica que constituía una gran vergüenza para el joven mago y que se
esmeraba constantemente en ocultar tras su corta capa.
Bien, Arion iba caminando, distraída, perdón... distraído en
sus pensamientos cuando se paró de repente al ver un musculoso muchacho
inconsciente, bajo un charco de viscosa sangre, a la sombra de unos árboles.
Una gran curiosidad embargó al recién llegado y corrió a investigar qué ocurría
en realidad. Cuando llegó pudo observar que la situación del joven desmayado
era peor de lo que se veía, estaba maltrecho y despeinado, con un evidente gran
tajo en su espalda.
- Qué desastre... -
murmuró con impaciencia mientras movía su pie y se cruzaba de brazos.
Sin embargo, se sintió muy conmovido por el fiel perro que
intentaba desesperadamente despertar a su amo y decidió ir a comprar una poción
de 1d6, que adquirió en una botica a unas cuadras. Sintió cierta pena por tener
que gastar el poco dinero que tenía, sin embargo sabía en su interior que era
lo correcto. Regresó al lugar y le dio la poción al maltrecho sujeto. El
brebaje surtió efecto y volvió en sí el muchacho.
- ¿Qué?... ¿Qué sucedió? ¿Dónde está Krull? - preguntó con
voz entrecortada Qerkólo.
-No tengo idea qué sucedió, ni quién es Krull - respondió
Arion con cierta irritación -¿Quién eres, por cierto?
- Soy Qerkólo, el gran bárbaro - se presentó con altanería,
a pesar de estar todo sucio y tirado aún en el suelo.
- Ya veo... - observó Arion mordiéndose el labio.
- Gracias, Osito Gur, por salvarme – agradeció Qerkólo a su
perro, que solo atinó a mover la cola.
- ¡Un momento! La que te salvó fui yo – exclamó Arion con
furia – Tu perro no hizo más que arrojarse sobre ti lamentoso. Por cierto, me
debes dos monedas de plata por la poción que fui a comprar para salvarte el
pellejo.
- ¿Es cierto eso, Osito? - preguntó ofendido Qerkólo. El
perro bajó las orejas, avergonzado, confirmando las sospechas de su amo. Luego
sacó el dinero que le debía a Arion y se lo tendió.
Cerca de este cuadro iba pasando un joven envuelto en ropas
viejas, su cabeza estaba pelada y unos largos incisivos le daban un aire
chistoso a su rostro. Usaba unas gastadísimas sandalias y parecía que no estaba
preocupado en absoluto por su apariencia rotosa. Mientras pasaba al lado de la
arboleda, se detuvo y preguntó con mucha seriedad y una ceja levantada:
- ¿Por qué están haciendo tanto ruido? Sus gritos llegan
hasta el templo de Saint Cuthbert, así es imposible meditar en paz...
- Yo no sé nada, recién llego y encuentro a este... a este
musculoso todo lastimado y solo le di una poción de curación - relató Arion con
cierta exasperación, mientras agitaba una de sus delicadas manos.
- Qerkólo, me llamo Qerkólo - gritó enojado el aun maltrecho
bárbaro - ¿y tú quién eres? -preguntó, mientras se incorporaba y se
masajeaba la espalda.
- Yo soy un monje y mi nombre es Nirgal, busco el camino de
la iluminación - respondió el recién llegado con mucha paz y mirando al cielo.
- Estos monjes y su eterna paciencia -comentó con sarcasmo
Arion.
- ¡Miren! ¡Humo! - exclamó Qerkólo mientras señalaba una
larga columna de humo negro que surgía del este de la ciudad. Acto seguido, se
dirigió hacia esa dirección. Arion y Nirgal lo siguieron por simple curiosidad.
Cuando llegaron a la fuente del incendio, pudieron observar
que la entrada Este de Kassen estaba incendiada y que los guardias estaban
intentado apagar el fuego, con poco éxito.
Qerkólo se acercó rápidamente al lugar y preguntó
preocupado:
- ¿Qué ha sucedido aquí?
Un guardia que estaba dando indicaciones agitó su mano
despectivamente y respondió:
- No se entrometan en los asuntos de seguridad de la ciudad.
Mejor regresen a sus hogares, acá no pueden hacer nada.
Qerkólo, molesto por la negativa del guardia sacó su dado de
veinte y realizó una prueba de Escuchar que fue exitosa y pudo oír la
conversación entre dos guardias más apartados:
- Fuimos atacados por un sujeto encapuchado y vestido de
negro, al parecer robó una reliquia de la ciudad y el alcalde está preocupado
porque es una situación grave para Kassen.
El bárbaro, el mago y el monje se retiraron del lugar,
evidentemente confundidos ante tan extraños sucesos en su tranquila ciudad.