Las primeras
luces del amanecer iluminaban el camino que los conduciría a la Ciudad Templo,
una tierra donde confluían los altares de todas las religiones importantes de
aquel mundo, un sitio desconocido para esta peculiar compañía de aventureros.
- Bien, ¿qué
esperamos? ¡En marcha! – dijo
Qerkólo con actitud, mientras se desperezaba.
Arion y
Nirgal lo siguieron en sus monturas sin decir nada, no parecían estar tan
seguros de la misión que tenían.
Cabalgaron a paso
lento durante unas horas y cerca del mediodía se detuvieron a almorzar en
tranquilidad, hasta que escucharon unos alaridos desgarradores. Se levantaron
alarmados, se acercaron a la vera del camino y
pudieron observar que una campesina estaba siendo atacada por unos
bandidos, seguramente asesinos y ladrones que se escondían en la espesura del
bosque.
La mujer
gritaba histérica mientras los malhechores revolvían y arrojaban las posesiones
de la carreta al suelo con total violencia.
Arion puso
los ojos en blanco. Nirgal se ahorró las observaciones y fue directo a pelear
con los atrevidos atacantes.
- ¡¡Espera,
monje!! - llamó Qerkólo mientras salía corriendo tras Nirgal– ¡¡También quiero
un poco de diversión!!
Los bandidos
no se esperaron un ataque sorpresa y los decididos aventureros se lanzaron a
luchar, excepto Arion que, como mago que era, se colocó en la retaguardia para arrojar
sus hechizos de bajo nivel y sus flechas.
- ¡¡Malditos
entrometidos!! Los asesinaremos con mucho gusto – exclamó el líder de la banda
mientras reía groseramente, agitando por lo alto su espada oxidada.
Qerkólo tan
sólo sonrió con gravedad y embistió junto a su valeroso perro que lo acompañó
en el combate mordiendo las pantorrillas de los ladrones. Nirgal se defendió y
propinó fuertes puñetazos y patadas al mejor estilo oriental. Arion convocó a
su cuervo Nix a luchar, quien picó
frentes y ojos con avidez.
Los atracadores
lograron lastimar a los nuevos aventureros, pero terminaron perdiendo y
muriendo en el combate. Sus cadáveres quedaron esparcidos y sus armas torcidas
y quebradas. Qerkólo, Nirgal y Arion se dedicaron a examinar los cuerpos y
lograron sacarles un poco de oro (seguramente robado a otras víctimas).
- Noble damisela,
¿qué hacías tan sola por estas regiones? -preguntó el bárbaro a la aterrada
campesina, que no dejaba de temblar.
- ¿Noble damisela?
- dijo Nirgal mientras arqueaba una ceja – Para mí no tiene honor, no me
extraña que la hayan asaltado.
- ¡Nirgal!
-exclamó Arion, enojado - ¿Cómo le vas a decir así? ¿No ves que está asustada?
El monje sólo
se encogió de hombros y se puso a inspeccionar la carreta de la campesina.
- Yo sólo
volvía del reino de Shetam porque comercio prendas – Contó la campesina – les
agradezco la ayuda prestada, les daré unas ropas en agradecimiento, es todo lo
que puedo ofrecerles.
- Ropas...
-bufó Arion por lo bajo- tanto trabajo para obtener ropas de aldeano.
El resto del
grupo aceptó las sencillas prendas y continuaron su camino. Viajaron
tranquilamente hasta la tarde, cuando llegaron a un amplio camino de tierra
bordeado por altos árboles que generaban una agradable y fresca sombra.
- ¡Ahh! ¡La
Ciudad Templo! – suspiró Arion y sonrió ampliamente – Siempre soñé con conocer
este lugar.
- Espero que
haya un templo de Obad-Hai, seguro ellos nos ayudarán – dijo Qerkólo con cierta
inseguridad, su aspecto no era el de una persona muy religiosa.
Después de
cabalgar otro rato, llegaron a una gran construcción de forma circular donde se
hallaban los recintos de las religiones más importantes de aquel mundo, tanto
las buenas como las malas. En ese lugar estaba prohibido pelear o hacer guerras
y reinaba la tolerancia.
- Bien,
llegamos. Yo me voy al templo de mi dios – Qerkólo se bajó de su caballo y se
dirigió al santuario de Obad-Hai que tenía una decoración naturista. Observó
que no había nadie a la vista, entonces decidió orar y dar una ofrenda de
cerveza sobre el altar principal.
- ¡Detente,
hermano! -resonó una voz en el recinto y el bárbaro se encontró ante un grupo
de sacerdotes con grandes mascaras de madera decoradas con elaboradas hojas de
lechuga talladas y coloreadas con un verde gastado; sus túnicas eran pardas. Tenían
un aspecto humilde e impactante al mismo tiempo, debido a las grandes mascaras.
-¿Qué te trae
a nuestro humilde templo? -preguntó uno de los sacerdotes.
- Bien... Yo
vine hasta aquí buscando consejo acerca de una misión que se me ha encomendado
-explicó Qerkólo, un tanto asustado – Con mis compañero tenemos la tarea de
capturar a un malhechor llamado Krull.
- Mmmmm...
¿Dijiste Krull? -preguntó con cierto temor el sacerdote que estaba más cerca.
- Sí, así es.
- Qué desgracia – se lamentó otro
monje.
- Realmente
es una desgracia que este nigromante destruya las buenas acciones de Obad-Hai
-dijo el sacerdote que estaba al frente de Qerkólo – Krull se hizo adepto de
varias religiones, entre ellas de nuestro sagrado Dios. Su accionar fue para
obtener poderes de las órdenes a las que se consagraba. La Ciudad Templo está
al tanto de las andanzas de este maldito. Lo único que te podemos decir es que
hay que detenerlo cuanto antes porque anda tras brujerías negras y terribles
que tienen como único objetivo destruir el equilibrio que tanto nos cuesta mantener.
-Te podemos
ayudar dándote un poco de agua bendita para que la utilices cuando tengas
heridas -dijo uno de los sacerdotes mientras sacaba una pequeña botella de su
túnica y se la extendía al sorprendido bárbaro.
- Muchas
gracias, hermanos, la información que me han brindado es de gran ayuda, estoy
en deuda con ustedes -agradeció Qerkólo, haciendo una amplia reverencia. Les
entregó una pequeña donación, salió del recinto y fue a buscar al resto de sus
compañeros y mascotas. En el camino se topó con un templo de paredes oscuras,
no parecía ser algo bueno; se asomó y vio un grupo de hombres tapados con
raídas túnicas negras que susurraban algo. El bárbaro sacó su dado, hizo una
tirada de escuchar y tuvo éxito.
- Debemos tener
cuidado con esta parte, hay gente que está al tanto de nuestra misión y Krull
no quiere que se sepa más acerca de sus planes – dijo uno por lo bajo.
- Sí, sí, ya
lo sabemos. Ahora que está en la guarida de las Montañas Pardas, espera reunir
todas las Reliquias. Y ya está cerca de obtener esa sangre -respondió
impaciente el más alto del grupo.
- ¡shhh! Me
parece que vi a alguien en la puerta -alertó uno de ellos.
Qerkólo
escuchó la advertencia y salió corriendo, logrando escapar de la vista de
aquellos siniestros sujetos.
Arion lo
encontró escondido y alerta, tras una columna.
-¿Qué haces
ahí? Te estuvimos buscando por todas partes.
- Nada, nada,
ya les cuento algo que averigüé. Vamos a un sitio más seguro -dijo el guerrero
algo alterado aun.
El mago y el
bárbaro se alejaron lo más que pudieron de las ermitas y luego de un momento se
les unió Nirgal, que llegó hasta donde estaban de forma bastante lenta, como si
meditara mientras caminaba.
- Hermanos,
¿Por qué los observo tan ansiosos? ¿Es qué ha sucedido algo malo? - Preguntó el
monje con su eterna paciencia, exasperando a Arion, como siempre.
- Sí, sí –
afirmó Qerkólo – Nos enteramos de que Krull está en las Montañas Pardas y está
en la búsqueda de una “sangre”.
- Entonces,
es simple: debemos ir de inmediato e interceptar a Krull -dijo Nirgal impasible,
como si atrapar a un nigromante fuera tan sencillo como rebanar una manzana.
- Sí, Nirgal,
debemos ir, pero con cuidado -advirtió Arion.
Al estar los
tres aventureros de acuerdo, emprendieron su viaje a las Montañas Pardas, que
se alzaban a lo lejos hacia el norte, amenazantes y oscuras. Seguramente nada
bueno podía ocultarse allí.










